Mariano Rajoy se ha
propuesto que en las elecciones de 2015 asuma siempre la vara de mando de un
ayuntamiento el candidato nº 1 de la lista más votada. A nadie se le escapa que
los populares serían los principales beneficiarios de la reforma, pues gobiernan
en las principales ciudades de España.
El Partido Popular entiende
por regeneración democrática, lo que llama “elección directa de alcaldes”, una reforma
que ni mucho menos ayudará a construir una democracia de mayor calidad.
Aparentemente, su propuesta
parece buscar una participación más directa de los ciudadanos; aunque probablemente
nos encontremos ante una medida de auténtica regresión democrática, pues no es
lo mismo la elección directa de alcalde que asegurarse que sea alcalde quien
encabece la lista más votada.
Los ciudadanos quieren
votar al candidato que estimen oportuno de las distintas listas, no quieren
votar a una lista encabezada por alguien del agrado del aparato y puesto en ese
lugar tras arduas, negociaciones y pasteleos de despacho, entre las distintas
facciones del propio partido. Ahora, y con lo que pretende Rajoy, al alcalde lo
eligen los partidos, los ciudadanos solo votan siglas.
Con la fragmentación
política que se está produciendo, un partido con un escaso porcentaje de votos
podría tener la alcaldía de su municipio, y dependiendo de quién sea el “personaje”
al que pusieron de nº 1, este sujeto podría atesorar un enorme poder, teniendo en
cuenta que un alcalde de nuestro país puede actuar con gran autonomía, y puede saltarse
con gran facilidad el débil sistema de controles interno y externo que existe
en nuestros ayuntamientos, es mejor que si nos defrauda, por lo menos, lo
hayamos puesto nosotros y no ellos.
Lo que Rajoy quiere es maquillar
la situación actual para conseguir un mayor control de los partidos políticos
sobre las instituciones democráticas. La elección directa del alcalde puede
propiciar una mayor participación e implicación de los vecinos en los asuntos
públicos mediante su vinculación a la política, para ello resultaría
imprescindible poner en marcha las listas electorales abiertas.
La ciudadanía no puede permitir
que una reforma que es imprescindible para acabar con esta democracia de baja
calidad que padecemos sea solo un nuevo engaño de esa partitocracia que quiere seguir
manteniendo su chiringuito particular a nuestra costa.
