Pese a reconocer que soy
bastante lego en materia económica, me voy a atrever a opinar sobre el
“culebrón griego”. Quién dijo miedo.
Es evidente que Syriza se
presentó a las elecciones a sabiendas de que concurría a ellas con un programa
electoral imposible de cumplir. El acuerdo al que se ve abocado Tsipras cruza
claramente todas las líneas rojas de su programa en cuanto a pensiones,
impuestos o privatizaciones, pero lo va a firmar porque entiende que es la
única manera de desbloquear las ayudas económicas a su país y evitar la
quiebra.
Pero Tsipras tiene un gran
problema interno, Syriza es una amalgama de formaciones de izquierda de
distinto signo y sensibilidades, por lo que algunos de sus parlamentarios pueden
negarse a ratificar lo que él firme ante los acreedores de Grecia. Es muy
probable, que al menos, la llamada Plataforma de Izquierdas, unos 25
parlamentarios, vote en contra, pues son partidarios de una ruptura con los
acreedores y solo aceptarían como alternativa un acuerdo digno, por ello,
incluso se podría contemplar la posibilidad de unos nuevos comicios.
Personalmente, tengo serias
dudas de que Grecia nos devuelva el dinero que nos deba a los europeos, aunque
se firme un acuerdo, y lo digo porque creo que es materialmente imposible que
lo haga, a no ser que lo que pretenda Europa sea machacar hasta límites
extremos al sufrido pueblo heleno, y sobre todo a los más desfavorecidos.
Incluso barajo la posibilidad de que cuando se le prestó el dinero a Grecia, Europa
conociera que en esas condiciones Grecia no podría devolverlo, algo que de ser
cierto sería gravísimo.
La frustración que sienten
hoy los griegos que votaron a Syriza por el incumplimiento de su programa
electoral, deja al descubierto, que hay políticos capaces, con tal de tocar
poder, de ocultar la verdad en sus programas electorales con promesas
imposibles de cumplir.
Es conocido, que en la
Europa seria, sus ciudadanos ejercen el voto reflexivo y mirando a su cartera,
por lo que eso de ser incondicionales de un partido ha pasado de moda la
mayoría de las veces, en cambio, en los países del sur se sigue votando “a
nuestras siglas” como si fuésemos forofos de cualquier equipo de fútbol, o en
clave visceral, por lo que somos mucho más propensos a caer en las redes de
partidos emergentes y desaprensivos.
