Si en el caso del tren
Alvia “los que parten el bacalao” decidieron que el único culpable tenía que
ser el conductor, ahora, en el caso del Ébola, parece que hay demasiada gente
intentando culpabilizar a la contagiada, la auxiliar de enfermería, Teresa
Romero, quien para mí es claramente la víctima.
Si se contagió al tocarse
la cara con los guantes, fue simplemente porque el habitáculo acondicionado
para ello era demasiado estrecho y nadie la supervisó ni la ayudó al hacerlo,
así de sencillo, por lo que su responsabilidad es cero. Teresa se contagió
porque los responsables no respetaron los protocolos de actuación, al no ser el
habitáculo el apropiado para lo que allí se tenía que realizar.
Desde que Teresa se sintió
indispuesta y acudió primero al Hospital de Alcorcon y posteriormente al
Hospital Carlos III, todas las medidas que se han tomado con respecto a ella
fueron un auténtico despropósito, lo que provocó que estuvo en contacto con
muchas personas, y por supuesto, no todas a las que se les está haciendo
seguimiento, pues es imposible conocer a todas con las que estuvo en contacto
durante varios días.
Y que decir del bochornoso
espectáculo que se formó en torno al pobre perro de la familia, me dio mucha pena
su sacrificio pero entiendo que el posible riesgo para la población era
inasumible y costosísimo mantenerlo con vida.
La obligación de nuestros
gobernantes es decirnos que la posible propagación del ébola en suelo español
es muy baja, para así evitar que el alarmismo cunda entre la población, pero lo
cierto es que el riesgo por muy bajo que sea está ahí.
Por los errores cometidos
hasta la fecha, las autoridades sanitarias deben asumir sus responsabilidades,
empezando por Ana Mato, la ministra.
