Los
que ya hemos pasado de los cincuenta, aún recordamos aquella Europa
de la Guerra Fría, del muro de Berlin, de los dos bloques. Tras la
descomposición de la URSS, muchos pensaron que sus países satélites
recobrarían la libertad pudiendo elegir su futuro, ahora, con lo que
está aconteciendo en Ucrania, nos empezamos a dar cuenta de que todo
aquello fue un espejismo.
Parece
que Rusia nunca va a permitir que se rompa el statu quo existente,
parece que nunca va a permitir que una república ex soviética
abandone su ámbito de influencia y se “cambie de bando”. Los
sueños imperialistas de Putin parece que nunca lo van a permitir.
Las
potencias occidentales presionan a Putin, incluso le amenazan con
expulsar a Rusia del G-8 y con sanciones económicas. La potencias
occidentales hacen lo que deben, pero hay muchas dudas de que esas
amenazas influyan en Putin, pues la política de hechos consumados
que emplea Putin deja poco resquicio a la esperanza y la escalada
bélica sigue.
Pocos
dudan de que la invasión militar de Crimea por parte de tropas rusas
es una flagrante violación y una agresión a un país aliado de la
OTAN. Pero para Rusia, Ucrania sigue perteneciendo a su órbita.
Pocos
pensaban que en estos tiempos fuera posible una guerra en suelo
europeo, pero el Kremlin con sus acciones está poniendo en serio
peligro la paz en Europa y quien sabe si la mundial.
El
gobierno de Kiev ha movilizado a sus reservistas para repeler la
agresión rusa, pero es un simple gesto, su inferioridad militar es
tan evidente que sin ayuda exterior su ejercito sería barrido.
Resulta
triste ver como un pueblo que ha luchado tanto por conseguir la
libertad dejándose por el camino a muchos de los mejores, vea ahora
como su triunfo puede convertirse en una ficción.
Es
como si la geoestrategia y los intereses de todo tipo de una gran
potencia, siempre tengan que prevalecer aun a costa de acabar con la
libertad de decisión de los habitantes de cualquier otra nación del
planeta.