Solo un año después de haber
sido nombrado, Fiscal General del Estado, José Manuel Maza, ha fallecido, y por
las alegrías provocadas en uno y otro bando, entiendo que su familia debería
decidir que le hicieran la autopsia, pues aunque como causa de la muerte se ha
establecido la insuficiencia renal aguda, creo que no estaría de más.
Era un nombre de los de
antes, de los que como yo pensaba, que las leyes están para ser cumplidas, y
que el que comete un delito debe pagar por ello. A Maza, nunca le tembló el
pulso, y encabezó la respuesta judicial al Golpe de Estado en Cataluña,
empleando todas las armas de la justicia para desactivar la trama golpista de
los independentistas.
Él fue quien firmó las dos
querellas por rebelión, presentadas en el Tribunal Supremo y en la Audiencia
Nacional, contra una veintena de dirigentes independentistas, lo que precipitó
la huida del cobarde de Puigdemont y el encarcelamiento de ocho de sus ex
consejeros.
Al hablar de las alegrías
provocadas por su muerte, me refiero a las que se han producido, a cara
descubierta, en el mundo separatista catalán, incluyendo esos tuits miserables
y delictivos que espero sean investigados y sus autores, localizados y
condenados; y también me refiero, a esa parte del Gobierno en particular, y de
los partidos constitucionalistas en general, que en privado mostraban su
incomodidad con que los líderes golpistas sigan en prisión.
La prueba del algodón va a
ser cuando se nombre a su sucesor, si el Gobierno opta por alguien con un
perfil favorable al “pasteleo”, es decir, a soltar a los golpistas por espurios
intereses políticos, entenderemos que el fallecido Maza era un obstáculo para
muchos, y se dará pábulo a los llamados “conspiranoicos” para desarrollar sus
aparentemente inconsistentes teorías.

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