En ninguna de las democracias consolidadas del planeta podría ocurrir lo que aquí ocurre, porque aquí no solo hay un bipartidismo corrupto, también hay una sociedad enferma. Si nuestra sociedad fuese sana, lo que lleva perpetrando Sánchez desde su llegada al poder, con sus embustes y cambios de posición en función de qué socios necesita para mantenerse en el poder, habría provocado hace mucho tiempo que sus compañeros de partido y sus propios votantes le habrían echado del poder.

Un presidente del Gobierno que para aumentar la autoestima de su esposa haya fomentado, permitido y ordenado desde La Moncloa favores hechos realidad como concesiones directas del poder económico y educativo, no es ético y por supuesto, es incompatible con liderar un país.

Por el simple hecho de compartir, lecho y techo, con el presidente del Gobierno, a Begoña Gómez, una persona sin título universitario alguno ni trayectoria profesional, se le regale una cátedra universitaria pública a la que se riega con fondos e inversiones de empresas participadas por el Estado y en paralelo, se van conociendo las relaciones indecentes, como mínimo turbias, de la “parejita” que habita La Moncloa con otros empresarios.

Y ante toda esta podredumbre, asistimos a un espectáculo mediático impresentable en el que los medios afines a la izquierda aplauden todas las villanías que comete el canalla que nos desgobierna.

Lo cierto es que ya sea desde La Moncloa o desde la presidencia de la Comunidad de Madrid, el poder político alterna con las élites económicas y se hacen grandes negocios a costa de lo que nos saquea Hacienda a los sufridos contribuyentes. Hay demasiadas parejas como, Pedro y Begoña, como Isabel y Alberto, en todos los escalones políticos y oficiales, aunque unos lo hacen con más descaro que otros. Dependiendo del poder que tiene cada político, los oscuros negocios en los que participan son de mayor o menor calado.

Mientras tanto, la sociedad civil que no come de la política ni de sus pesebres, parece continuar anestesiada, muy comprensiva y tolerante con quienes les roban, lo que significa que la ciudadanía española está instalada en la más absoluta decadencia moral.

Unos pocos políticos, no puede apropiarse de lo que es de todos los ciudadanos, pero curiosamente, solo se condena si es ejercida por los contrarios, cuando los enemigos de los ciudadanos deberían ser todos los ladrones independientemente de su color político.

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