Andalucía es una tierra
maravillosa, habitada por gentes que tienen una filosofía de vida que les hace
vivir cada momento con una peculiar alegría e intensidad, como si fuese el
último. Andalucía es una tierra acogedora que hace que todos los que la visitan
se sientan como en el lugar de donde proceden. Pero hay una parte del pueblo
andaluz, que peca de excesivo conformismo, que en vez de exigir a sus
gobernantes que trabajen para ellos, para mejorar su bienestar, se conforman
con cobrar un subsidio y tener para tomarse una cerveza en el bar de la
esquina.
Y digo todo esto, porque
esta semana pasada se ha hecho pública, una información que, a mí por lo menos,
me ha indignado, pero que a la mayoría de los andaluces, por lo visto, les trae
indiferentes, una información que en cualquier región europea seria, hubiera
provocado como mínimo graves revueltas sociales que se hubieran cobrado varias
cabezas de sus gobernantes.
Estoy hablando de los 880
millones de euros, destinados a la formación de desempleados, procedentes de
fondos europeos que la Junta de Andalucía no ha empleado desde 2011, y que por
lo tanto, ha tenido que devolver.
Y esto sucede, a la vez que
se conocen los datos trimestrales de la Encuesta de Población Activa (EPA), en
la que Andalucía sale muy mal parada. La Junta no es solo incapaz de llevar a
cabo políticas que creen empleo, incluso es incapaz, como vemos, de destinar
fondos procedentes de ayudas europeas a algún proyecto. Esto no se puede
permitir, sobre todo, porque la ineptitud del ejecutivo andaluz está suponiendo
una losa para el futuro de esa gran parte de la juventud de esta comunidad a la
que le es imposible ver luz al final del túnel del desempleo.
Imaginemos la imagen que
deben tener de Andalucía en la Unión Europea, una región de Europa que ocupa el
furgón de cola contemplando cualquier parámetro económico o social, que está
salpicada por continuos y enormes casos de corrupción, y que devuelve las ayudas
por su incapacidad para darles uso.
