Este otoño va a ser durísimo para los españoles, sobre todo, para los más débiles, económicamente hablando, pues España está a las puertas de una recesión y no hay ningún indicador que nos haga presagiar un repunte de la actividad económica, posiblemente en el primer trimestre de 2023 entremos formalmente en ella.
Una recesión se produce cuando el PIB se reduce durante 2 trimestres consecutivos. A nosotros, nos está salvando el tirón turístico, pero aunque este sector tira con fuerza, nada tiene que ver con el turismo prepandemia. El turismo nacional crece casi un 10%, pero el internacional cae un 11%, pero los turistas gastan mucho menos, las pernoctaciones en camping se han disparado mientras que el resto de alojamientos no han recuperado los niveles prepandemia. Por todo ello, la aportación del sector a nuestro PIB es ya menor.
Con los precios disparados, la inflación comiéndose el ahorro de los hogares y los datos de empleo falseados por el Gobierno, pues pronto veremos en que queda la historia del fraude de los fijos discontinuos, trabajadores que los periodos que no trabajan no computan como parados, aquí solo crean empleo las administraciones, empleo improductivo y una losa que cada vez más nos ahoga.
Vamos a ver un repunte importante de la morosidad empresarial, e incluso de las quiebras, como consecuencia directa del fin de las moratorias de los créditos ICO.
En semejantes circunstancias, que el pueblo español no empiece a movilizarse en las calles a partir de septiembre para echar de La Moncloa al que tanto daño nos está haciendo, es incomprensible. Y parte de ese pueblo, a ese que pese a todo aún piensa votar al PSOE, incapaces de superar su visión de la política como el de ese “forofismo” futbolístico visceral que practican muchos aficionados al deporte rey, le están haciendo un flaco favor a sus descendientes.