La Dictadura de Nicaragua asaltó la diócesis de Matagalpa y secuestró, pues una detención ilegal es un secuestro, al obispo Rolando Álvarez. Varios días atrás, la policía ya había rodeado la sede episcopal, el régimen había hecho públicas sus absurdas acusaciones contra el prelado y además, varias radios de la diócesis habían sido cerradas en un procedimiento tan totalitario e ilegal como los que acostumbra a hacer el dictador Daniel Ortega y su señora.
Curiosamente, mientras que desde la detención del obispo han reclamado su libertad la ONU, personalidades de toda Iberoamérica o las conferencias episcopales de Cuba, Venezuela, EEUU, España o Italia, el papa Francisco I no lo había hecho.
Este domingo habló del tema y lo hizo mostrando una preocupación genérica por la situación creada en Nicaragua pidiendo «un diálogo abierto y sincero» sin citar al obispo secuestrado, defraudando con ello a muchos católicos.
Es una pena que, Francisco I, y lo denomino así por no llamarle “Santo Padre”, haya renunciado a todo liderazgo moral que no sea sumarse a la corriente de lo políticamente correcto y comprar la mercancía del izquierdismo y el ecologismo. Bergoglio ha decidido que la Iglesia no tiene que ser un referente por sí misma, una propuesta ética y de vida, sino un club más que se sume a lo que ya defienden partidos, organizaciones, empresas o sindicatos y dicen defender los sátrapas más repugnantes del planeta, por los que él parece tener una debilidad especial. Parece estar muy ocupado criticando el capitalismo y preocupándose por el futuro de la Pachamama.
Si el inquilino más importante del Vaticano renuncia a hacer el bien, a luchar por la libertad y por la justicia, pues eso es lo que pasa al compadrear con malas compañías, ¿Qué pinta allí?