La inclusión de deportistas trans en el deporte femenino de alta competición, y a este ritmo también en el de baja, lleva camino de expulsar de él a las mujeres, a las únicas que deberían ser sus protagonistas. El deporte de competición se basa en la igualdad de oportunidades, y para ello, solo se pueden admitir dos categorías, la masculina y la femenina.

Está demostrado, que nacer hombre y pasar la pubertad, les da un 50%-60% más de fuerza, un 10%-15% más de velocidad, y un 30%-40% de capacidad de producir esa fuerza-potencia tan necesaria en casi todos los deportes. Por eso, si muchos trans nacidos hombres irrumpen en el deporte femenino, la práctica totalidad de las mujeres serán expulsadas de él. Recordemos que no hay ninguna deportista trans nacida mujer que pueda competir en competiciones masculinas de alto de nivel.

Se ha pasado de la absurda exigencia de realizarse una operación de cambio de sexo y de bajar los niveles de testosterona, a simplemente, una declaración de identidad de género y una rebaja de la testosterona a menos de 10 nanomoles por litro de sangre al menos durante los doce meses previos a la competición.

La transexualidad se puede entender a nivel psicológico, nunca a nivel físico. Parece mentira que “los ultras del género” con sus erróneas teorías estén dispuestos a impedir que las mujeres puedan practicar deporte de competición.

La única solución sería la de que los trans compitieran entre ellos en dos categorías, aunque a esto “los ultras del género” le llamarían discriminación, pues son expertos en pervertir el lenguaje.

Por todo ello, podemos afirmar que las directrices “trans” del COI para los Juegos Olímpicos destruirán el deporte femenino. Vivimos la época del igualitarismo, pero incluso ahora, la razón para que existan categorías deportivas masculina y femenina diferenciadas parece obvia, pues la anatomía masculina, por lo general, permite ir siempre más rápido, saltar más alto, y ejercer mayor fuerza, y si las categorías por sexo desaparecieran, con ellas desaparecería el deporte femenino de competición.

Y eso es precisamente lo que va a ocurrir tras la decisión del COI, pues afirmar que “la inclusión de los atletas transgénero, que solo podrán ser descalificados si se aportan pruebas de una ventaja injusta y desproporcionada, que definirán los responsables de cada modalidad” es acabar con el deporte femenino de élite y con la ilusión de tantas mujeres que se han esforzado durante años para ser las mejores en su especialidad.

En noviembre de 2021 el COI dijo la barbaridad de negar para los atletas transgénero la “presunción de ventaja” para los competidores masculinos que se declaraban mujeres. Semejante disparate provocó una protesta generalizada de las atletas, pero la nueva normativa, lejos de aclarar la cuestión, parece haber provocado más confusión.

Ya hoy existe suficiente experiencia para observar que, los transgénero, dominan fácilmente todo tipo de disciplinas deportivas, desincentivando a las mujeres a dedicarse al deporte de élite como actividad vital.

Los atletas trans, casi exclusivamente hombres biológicos que descubren súbitamente su condición femenina después de años en puestos mediocres de su disciplina deportiva, pasan de la noche a la mañana a convertirse en pulverizadoras de récords en la categoría femenina, marginando a las atletas biológicamente mujeres.

Las exatletas traen en defensa de su causa estudios reconocidos que muestran que, en comparación con las mujeres biológicas, los hombres biológicos tienden a poseer una velocidad, fuerza y resistencia superiores, citando solo algunas de las ventajas que pueden mejorar el rendimiento deportivo.

En 2017, investigadores en Israel informaron haber encontrado más de 3500 diferencias codificadas genéticamente entre hombres y mujeres, aunque la abrumadora mayoría de la humanidad, en casi todas partes y en cualquier tiempo, no ha necesitado estudio alguno para apreciar lo evidente.

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