Cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, la indignación ciudadana se desbordó y todos, hasta los vascos se tiraron a la calle, los nacionalistas vascos empezaron a preocuparse y su solución fue el llamado Pacto de Estella, en el que supuestamente, los partidos, sindicatos y asociaciones nacionalistas y proetarras se comprometían a buscar un proceso de diálogo y negociación que lograra el cese del terrorismo. Esta iniciativa, unida a las maniobras del infame de Eguiguren en nombre del PSOE, consiguieron revertir la situación y toda esa, indignación y odio ciudadano, contra los etarras se transformó en otra cosa, en manifestaciones pacifistas de manos pintadas de blanco en las que ya no quedaba ningún atisbo de ese odio sano que sentía un pueblo contra quienes asesinaban inocentes. Arnaldo Otegi, acaba de declarar que hay que volver a los Pactos de Estella, algo que nos debería hacer pensar y bastante.
Sé que a algunos les habrá sonado algo rara mi expresión utilizada en el párrafo anterior, esa del “odio sano”. Todos sabemos que, desde hace mucho tiempo, lo que se considera políticamente correcto es generalizar y decir que la violencia es mala y que odiar también es malo, pero como siempre yo no estoy de acuerdo con ese mantra extendido por la izquierda desde hace décadas. Mi opinión es muy clara, el mal tiene siempre que ser odiado y ejercer la violencia en defensa propia es totalmente lícito.
Cuando uno utiliza la violencia para defenderse de un agresor, para defender a su familia o hasta para defender sus legítimas propiedades, no debería salir nunca perjudicado, pero desgraciadamente, en España ocurre todo lo contrario, pues la izquierda, con sus continuos cambios legislativos, lo que ha hecho es favorecer siempre al que atenta contra nosotros o contra lo nuestro. Es como si alguien se plantease que la violencia que ejerce el pueblo ucraniano contra los invasores rusos no es lícita ni lógica.
Lo del odio, lo tengo mucho más claro, odiar a los asesinos, a los pederastas, a los narcotraficantes, a los políticos corruptos, a quienes gobiernan en beneficio propio y contra nuestros intereses, odiar a quienes desde el poder les están robando el futuro a nuestros hijos, ese es un odio absolutamente lícito y hasta aconsejable.
Llevan demasiados años insuflando, buenismo y pacifismo, en nuestra sociedad los mismos que están acabando con ella y con sus auténticos valores. O nos vamos rebelando o no van a dejar en pie nada por lo que luchar. Por si alguno lo piensa, pues sí, es como una declaración de guerra a todos aquellos que están demoliendo esa España optimista y muy trabajada que nos dejaron nuestros padres y de la que ya queda muy poco.