Precisamente ahora que, la nueva Ley de Educación, la llamada Ley Celaá, pretende que nuestra lengua común deje de ser vehicular, allanándole el camino así, a los llevan décadas queriendo erradicarla de las aulas y de la sociedad que controlan en las distintas taifas autonómicas gobernadas por antiespañoles, entre los que incluyo al popular Feijoo, abordo un tema que considero puede aclarar muchas cosas de las que están pasando, y de paso, le hago con este artículo de opinión, un homenaje a mi querido y fallecido amigo, José María Pérez Orozco, quien fue catedrático de Instituto de Lengua Española y otras muchas importantes cosas.
¿Cuál es la lengua común de todos nosotros, el castellano o el español? Yo no tengo ninguna duda al respecto, nuestra lengua común es el español y estoy seguro de que muchos ciudadanos españoles lo han pensado en alguna ocasión, voy a tratar de explicarme en estas líneas.
Para que exista una lengua o idioma se han de dar tres requisitos: un sistema léxico independiente, un sistema gramatical (sintáctico) independiente, y un sistema fonético independiente de las demás lenguas. Cuando no se cumple alguno de estos tres requisitos, hablamos de dialecto.
Todos sabemos que los romanos nos dejaron la lengua latina. De ese tronco salieron cinco ramas: el gallego, el astur-leonés, el castellano, el navarro-aragonés y el catalán. Estas cinco ramas o variantes lingüísticas eran en ese entonces cinco proyectos de idiomas. El gallego, el catalán y el castellano si se convirtieron en idiomas. El astur-leonés y el navarro-aragonés no llegaron a cuajar en una lengua, se quedaron como dialectos del castellano.
En el siglo XV nació una nueva norma, la norma de Sevilla, que se opuso a la norma de Toledo, la castellana. Desde entonces, el andaluz y el castellano, son variantes de algo superior llamado español, al que se sumaron con posterioridad todas las variantes hispanoamericanas, que son a su vez variantes del andaluz, pues no olvidemos que el 80% de las mujeres que se desplazaron a América a colonizarla eran andaluzas y extremeñas.
La denominación del castellano por parte de la Constitución, como lengua oficial de España, es errónea y fruto de una manipulación política, un error premeditado y que le ha venido muy bien a la estrategia de confrontación impuesta por los nacionalismos periféricos. A los nacionalistas les encanta hablar del castellano como lengua del Reino de Castilla, como una lengua impuesta por los conquistadores.
Debemos recordar que, Camilo José Cela, fue quien asesoró el estilo lingüístico de nuestra Constitución mientras se redactaba. Él fue un excepcional literato, pero jamás un lingüista. Don Camilo consintió semejante desafuero y permitió a los políticos desvirtuar la denominación de las lenguas. Un lingüista de peso, como los muchos que existían por entonces, jamás lo hubiera admitido.
Cuando alguien tenga la valentía de modificar la Constitución, debería corregir este error. Una lengua, la castellana, que desapareció como tal en el siglo XV, no puede aparecer, como idioma oficial, en una Constitución redactada en 1978.
De entrada, les aconsejaría a todos los políticos que combaten los excesos de los diferentes nacionalismos que padecemos, y luchan contra eso que llaman “inmersión lingüística” en sus territorios, empiecen a hablar de lengua española, y no de castellana. Creo que de esa manera muchas cosas quedarían aclaradas sin decir casi nada.
La Academia de la Lengua Española jamás se ha llamado de la Lengua Castellana, ¿nunca os habéis preguntado el por qué?
Existe en Japón el único instituto especializado en catalogar las diferentes lenguas que existen en el mundo, este prestigioso instituto recoge la lengua española o español, y nunca reconoció al castellano.