Para todos los que defendemos a las mujeres, nuestra preocupación crucial desde octubre pasado debería ser el terror perpetrado contra las israelíes indefensas de todas las edades llevado a cabo por Hamás mediante actos de depravación sexual, tortura y muerte desde aquel 7 de octubre de 2023 que nos quieren hacer olvidar y si no pueden, convencernos de que las víctimas son los malos y los verdugos los buenos.
La obligación moral de quienes aman la paz y de quienes defienden la vida humana, es clamar contra la injusticia, contra los delitos de violencia cometidos contra personas indefensas. Pero esos lobbys que supuestamente defienden los derechos de las mujeres, en este sangrante caso, callan. Resulta muy sospechoso la escasez de denuncias por parte de las feministas occidentales sobre el acto terrorista más atroz de la historia moderna. Y eso que aún hay muchas israelíes que siguen secuestradas tras casi ocho meses. Su sufrimiento parece no importarle al feminismo internacional, de hecho, se alinea con el bando de los terroristas secuestradores.
En este caso impera la hipocresía generalizada, que aparentemente emana de un antisemitismo casi global, que se cruza con el antisionismo y la ideología de género feminista extrema. Por lo visto, si la víctima es una niña o una mujer judía, para demasiadas personas malvadas el asunto requiere más permisividad, algo horrendo.
El comportamiento de todas esas feministas que trabajan en agencias internacionales ha sido absolutamente despreciable, desde la Agencia de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres, hasta el grupo de derechos de las mujeres, ONU Mujeres, parece que olvidaron que luchan por todas las mujeres, es luchar hasta por las israelíes, y si no luchan por todas las mujeres, entonces evidentemente no luchan por ninguna.
Es todo un descarado despropósito, la británica, Sisters Uncut, llegó a afirmar que las acusaciones de agresión sexual contra mujeres israelíes el 7 de octubre eran “islamofóbicas y una utilización racista de la violencia sexual como arma” y la Asociación Nacional de Estudios de la Mujer de EE.UU., se limitó a condenar la violencia de género en la guerra en general y se negó a admitir y mencionar las agresiones sexuales contra las mujeres israelíes.
A estas alturas, el secretario general de la ONU, António Guterres, no ha dicho “ni una palabra” sobre la violencia sexual y atrocidades de todo tipo perpetradas por Hamás contra mujeres israelíes.
Estamos llegando al absurdo de que organizaciones que luchan por los derechos LGBT condenan al país que permite su libertad y marchan por una organización terrorista que castiga a los homosexuales con la muerte.
Los primeros movimientos de liberación de las mujeres, precursores del activismo feminista actual, se fundaron para proclamar los derechos de las mujeres a la igualdad social. El feminismo radical, como expresión limitada del movimiento original, fracasa espectacularmente a la hora de ejemplificar los preceptos morales y éticos de la sociedad. Sus defensores parecen priorizar las ideologías identitarias narcisistas y egocéntricas sobre la dignidad y la seguridad de la mujer individualmente. Les molestan ciertas categorías de otras mujeres, especialmente aquellas que no apoyan la ideología de género, como las mujeres que celebran las diferencias de género; mujeres que tienen una alta opinión de la familia nuclear y su papel fundamental en su fomento; mujeres que entienden que la civilización se basa en los roles cruciales de esposa, madre y familia; y mujeres que celebran su feminidad.
La ideología feminista radical es muy beligerante contra el pueblo judío por los valores fundamentales que mantiene, algo que convierte al judaísmo en un objetivo crucial para ellas y sus grandes aliados para, combatirlo e intentar destruirlo, son el socialismo y el islamismo.
Una cataplasma para repartirse el dinero de este negocio llamado feminismo