Aún recuerdo aquella película protagonizada por Chuck Norris, esa que se desarrollaba en Saigón en los últimos días de la Guerra de Vietnam, cuando las tropas norteamericanas abandonaban, a toda prisa y con el rabo entre las piernas, ese país asiático tras una humillante derrota.
Nunca olvidaré la dantesca escena, en la azotea de la embajada de EEUU en Saigón, un trasiego de helicópteros llevándose a los privilegiados que consiguieron plaza, y frente a la embajada, una multitud de colaboracionistas con sus familias suplicando la evacuación, sabedores de que les esperaba la muerte en cuanto unos se fueran y los otros, los comunistas, entraran en la capital survietnamita.
Hay muchas similitudes con lo que ocurre ahora mismo en Afganistán, pues tras veinte años, las tropas de EEUU y de la OTAN, abandonamos un país sin haber cumplido ni uno solo de los objetivos previstos, pese a haber gastado ingentes cantidades de dinero y pese a haber tenido más bajas de las esperadas. Hoy mismo, los talibanes han comunicado que ya controlan el 80% del territorio afgano. Se sabía que el débil gobierno afgano sería incapaz de hacerles frente.
Todos esos consejeros que nos hicieron creer que sería posible construir una democracia en ese país, son los responsables de la catástrofe. La única solución para ese tipo de países es colocar en el poder a un Sadam Husein cualquiera, que lo tuviese controlado, pero somos tan absurdos los occidentales que hasta a él lo derrotamos y dejamos a Iraq en la absoluta anarquía por los siglos de los siglos.
En Afganistán, muchos han colaborado con Occidente, y mucho me temo, que casi todos serán abandonados a su suerte, pues en el diccionario de los talibanes no existe la palabra piedad. Antes de embarcarnos en una futura aventura bélica, deberíamos pensarlo con más tranquilidad.