Cuando un Papa fallece, todos los católicos tenemos la obligación de sentir su muerte, pero tampoco puede considerarse irrespetuoso que cada uno de quienes componemos la Iglesia podamos hacer un balance lo más objetivo posible de lo hecho por él mientras fue Papa.
El pontificado de Francisco, desde el mismo día en que ocupó por primera vez la silla de Pedro, se ha caracterizado por mensajes, actitudes y comportamientos en nada continuistas de los de sus dos antecesores, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, justo cuando un mundo en el que avanza el relativismo más lo necesitaba, por ello, quien diga que su pontificado podría calificarse como el de una “oportunidad perdida” no iría muy desencaminado. También podemos decir, que quien se atreva a decir que Francisco ha ido contra la Doctrina de la Iglesia, por muy cerca que haya estado, exageraría.
Desde sus primeras homilías e intervenciones públicas, Francisco dejó entrever que la batalla por la defensa de los principios y valores que venía proponiendo la Iglesia Católica, como respuesta a la “dictadura del relativismo” de la que advirtió Benedicto XVI y que afecta a todo Occidente, pero claramente no estaba en sus prioridades. El Papa argentino acudió siempre en busca de los alejados de la Fe, simplificando las grandes verdades teológicas, en ocasiones con riesgo de caer en el simplismo, y otras generando polémicas en los medios de comunicación que eran evitables.
En su segunda encíclica hasta tuvo la osadía de hacer un discurso casi idéntico al que plantean los promotores del Pacto Verde europeo o de la Agenda 2030, haciendo afirmaciones como “hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático” o como “el cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad”.
En lo referente al fenómeno de la inmigración, al que se refirió en otra de sus encíclicas, Francisco, pareció olvidar el derecho que tienen las naciones a proteger sus fronteras ante fenómenos masivos de inmigración ilegal promovidos por mafias y gobiernos criminales. En cambio, sí afirmó categóricamente que “los fenómenos migratorios suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma” o que “el problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas”.
Se atrevió a afirmar la polémica frase de que “todas” las religiones son un camino para llegar a Dios, barajó la posibilidad de explorar el acceso de las mujeres al diaconado, o de que grupos de fieles laicos fueran quienes “controlasen” y supervisasen el contenido de las homilías que pronuncian los sacerdotes en la misa dominical, incluso proponía “abrir una nueva etapa» en el tema de la bendición de las parejas homosexuales por parte de la Iglesia”, todas medidas, según él, para abordar ese proceso “democratizador” de la Iglesia que él pretendía, aunque afortunadamente, desde mi punto de vista, no consiguió hacerlas realidad por la fuerte y mayoritaria oposición, tanto de la jerarquía eclesiástica como de los católicos.
Durante su mandato, la Iglesia católica empezó a renacer, sobre todo, en África, continente donde menos aprobaban los “experimentos doctrinales” que Francisco pretendía, en cambio, el catolicismo se hunde en aquellos lugares donde la jerarquía parece más preocupada por cambiar estructuras presuntamente anticuadas que por predicar el Evangelio en su toda su radicalidad.
Es evidente que este católico de a pie que se atreve a escribir este artículo se sentía mucho más representado e identificado con San Juan Pablo II y con Benedicto XVI que con el Papa recién fallecido.
Un discipulo le dijo a Jesus, maestro, que bueno eres, a lo que contestó solo Dios es bueno. He leído bastante sobre Papas y los ha habido de que vaya por Dios. Las profecías de San Malaquías con sus 111 Papas, con el problema de Clemente, el del Palmar de Troya, que derecho canónico en mano lo era. Particularmente un Papa que permite a un Obispo que se case por la Iglesia, mujeres sacerdotes y algunas cosas chirriantes no me covencen. Con el nuevo Papa veremos que ocurre, pero suena a principio del final….
Descanse en paz