Cuando uno acude al funeral
de un dictador sanguinario, tiene que saber que va a pasar unas horas en
compañía de gente muy poco recomendable, y eso es lo que le ha ocurrido a
nuestro Rey Emérito.
El funeral de Fidel Castro
ha tenido una escasa participación de mandatarios de alto nivel. Los países
serios, las democracias occidentales, no han querido legitimar a quien durante
tanto tiempo causó tanto dolor a su pueblo. Solo Francia ha enviado a su
ministra de Medio Ambiente, Segolene Royal, el resto de los países europeos lo
hicieron con figuras diplomáticas de menor importancia.
Vladimir Putin, tampoco ha
asistido, destacando las ausencias de EEUU, Chile, Brasil y Argentina.
Es evidente, que nuestro
Gobierno se ha equivocado enviando a tan alta representación a este funeral,
pues tener que codearse con conocidos dictadores sin escrúpulos y hasta
probados genocidas, no lo justifica ni siquiera por intentar mantener las
relaciones comerciales, sobre todo en el campo del Turismo, con un país que en
realidad vive del narcotráfico y de la prostitución.
D. Juan Carlos tuvo al lado
al venezolano Nicolás Maduro, al boliviano Evo Morales, al ecuatoriano Rafael
Correa, y al nicaragüense Daniel Ortega, todos ellos destacados dirigentes del
ALBA, Alianza Bolivariana para los Pueblos de América, además de la representación
africana encabezada por los dictadores Robert Mugabe de Zimbawe y Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial, y otros
muchos impresentables.
Como es lógico, también
asistió una representación podemita y otra de las CUP, seguro que para rendir
homenaje a quien pudo llevar a efecto las políticas que ellos proponen.
Lo cierto es, que España no
puede llevar a su Rey Emérito a rendir honores al cadáver de alguien que ha
muerto sin pagar por sus crímenes, y encima, rodeado de lo más florido de la
maldad internacional. Si a ese funeral llega a asistir la libertad hecha
persona, seguro que no sale viva de allí.

Desde luego la valía del Rey está fuera de toda duda, la cuestión está en saber si España debe estar tan altamente representada en un acto como el de ayer en la Habana, no hay que ser un experto en política exterior para saber que sería un acto de aclamación a una "revolucion" caducada y que justifica una ideología populista que lleva años ocupando Sudamerica y ahora pretende hacerse con España. Torpeza diplomática española
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