Soy uno de esos españoles que durante muchos años he escuchado a Federico Jiménez Losantos todas las mañanas, primero en COPE y después en EsRadio. Y lo hacía porque entendía que era un periodista independiente, pero en estos últimos tiempos, es evidente, que ha perdido la que siempre fue su gran virtud, esa independencia que le hacía ser una de las pocas islas en un océano de periodistas vendidos.
No voy a ser yo quien ponga en duda, ni su preparación ni su nivel intelectual, pero es evidente que ha sucumbido al endiosamiento y ha terminado “vendiéndose”. El que llamaba “maricomplejines” a los populares, ha terminado convirtiéndose en su principal “sicario” periodístico. La veneración que siente por Isabel Díaz Ayuso, supongo que fortalecida por los beneficios que suponen para su empresa la publicidad institucional de la Comunidad de Madrid, sumado a que no soporta que nadie le contradiga, como hicieron dirigentes de Vox en su propio programa, le ha convertido en el más visceral enemigo del partido que lidera, Santiago Abascal.
En las últimas elecciones generales, Federico Jiménez Losantos, fue uno de los grandes culpables, apoyando ese voto útil al PP que se demostró inútil, de que ahora nos gobiernen los canallas que lo hacen, pues ha quedado demostrado que, si ese millón de votos que se pasó al PP se hubiese mantenido en Vox, ahora estaría gobernando el PP en coalición con Vox.
Ahora, en la Campaña Electoral de Galicia, Federico, sigue erre que erre, diciendo todas las barbaridades posibles para que Vox no consiga representación. Le debería dar vergüenza que, mientras lleva años criticando la inmersión lingüística en Cataluña, ahora sea el conseguidor de votos para quienes llevan a cabo esa misma inmersión lingüística en Galicia, cuando sabe perfectamente que solo la presencia de Vox en el gobierno gallego garantizaría que el español vuelva a las aulas y a la relación de los gallegos con su administración.
Federico y otros muchos, parecen olvidar porqué apareció Vox en la política española, apareció para defender los valores y los principios que el PP había abandonado, para enarbolar las banderas que el PP ya no defendía, para representar a esos españoles que se sentían políticamente huérfanos, esos que ya renegaban de un PP que abrazaba cada vez más ideas izquierdistas.