España es una nación forjada sobre los fundamentos de la filosofía griega, el derecho romano y la civilización cristiana. Por ello, determinados ritos y celebraciones importadas, como la conocida como “Fiesta del cordero”, resultan completamente ajenas a los usos y costumbres que han configurado nuestra identidad nacional de forma continuada.
Soy un español de los que quieren que España siga siendo España. Y que nuestras calles sigan siendo y pareciendo calles de España y no de países como Marruecos, Arabia Saudí o cualquier otro país islámico donde la mujer es un ser inferior. Para mí es muy importante mantener nuestra identidad y nuestras costumbres, y cualquier persona que venga a España debe hacerlo con la firme intención de adaptarse a nuestra cultura y a nuestras costumbres.
Tengo muy claro que en nuestra sociedad no tienen cabida costumbres o prácticas islámicas ni de ningún otro tipo que denigran a la mujer. Y esto es precisamente lo que importan de manera masiva desde hace años y por toda Europa los políticos del Partido Popular y el Partido Socialista haciendo irreconocibles barrios enteros de muchos países de Europa y cada vez más barrios españoles.
Es una triste realidad que cada vez más españoles no se sienten reconocidos en los barrios en los que se han criado. Cierran los comercios de toda la vida y sus vecinos se marchan. Y lo que se queda es el multiculturalismo que nos convierte a los españoles en extranjeros en nuestra propia tierra y que dispara la inseguridad.
Los que te acusan de xenófobo o racista por denunciar esta triste realidad no viven las consecuencias de las políticas de puertas abiertas ni de multiculturalismo. Me sorprende que los autoproclamados movimientos feministas, que se arrogan el monopolio de la defensa de las mujeres, sean luego los que promueven leyes que las dejan completamente vulnerables, soltando violadores, intensificando el borrado de las mujeres con las leyes trans y tejiendo una alianza con el islamismo, es decir, con los que desprecian a la mujer por el mero hecho de serlo. Una hipocresía alarmante que ya no engaña a nadie.
Es indiscutible, que el velo islámico, sea impuesto o condicionado denigra a la mujer. Y aunque existan mujeres que lo lleven voluntariamente, no podemos olvidar su origen como herramienta de control y sumisión. Además, es muy sencillo, todo el que viene a España debe respetar nuestras costumbres, y si no le gusta, puede volverse a su país de origen. Todo el que venga a España debe hacerlo con clara voluntad y capacidad de adaptarse a nuestra cultura y nuestras costumbres. El velo islámico es un signo de sumisión de la mujer hacia el hombre. Es un símbolo de una ideología política, el islamismo, que es contraria e incompatible con nuestra civilización.
Resulta incomprensible ver cómo personas y culturas que en sus países de origen no respetan ni permiten la nuestra pretenden imponernos aquí la suya. Todo el que viene a España a prosperar debe venir renunciando a las prácticas y costumbres que han hecho que sus países fracasen. Aquí a las mujeres se les respeta. Aquí ni una mujer camina varios pasos por detrás de su marido ni tampoco se cubre la cabeza con un símbolo de sumisión ni como si fuera un ser inferior.
Que hoy tengamos este problema no es casualidad. Llevamos décadas sufriendo políticas de efecto llamada diseñadas por burócratas en Bruselas e implementadas felizmente por el bipartidismo del Partido Popular y el Partido Socialista. El bipartidismo ha rendido nuestras fronteras, ha regalado la nacionalidad y ha dado a los extranjeros las ayudas que no les daba a los españoles, han criminalizado la prioridad nacional y han promovido toda clase de ventajas para el islamismo.
O a España se viene de forma legal y ordenada de acuerdo a las necesidades de nuestro mercado de trabajo y por supuesto con clara voluntad y capacidad de adaptación, o se viene ilegalmente y a estos últimos, billete de vuelta. El que venga a robar o a cometer delitos, sea legal o ilegal, billete de vuelta. Y por supuesto, todo el que venga queriendo imponer su cultura y sin adaptarse a la nuestra, billete de vuelta. Si esto se cumpliera “otro gallo nos cantaría” y nuestra civilización no estaría en peligro.
Conozco a unas cuantas musulmanas y algunas llevan el pañuelo y otras no. Preguntaré si en Marruecos pueden hacerlo.
Es una imposición de Bruselas y de personajes en la clandestinidad que nos imponen algo que no nos merecemos