A 48 horas de las
elecciones catalanas, parece que a los políticos les ha entrado la fiebre del
dialogo del día después. Tanto el ministro de Exteriores como el líder de
Ciutadans han manifestado que habrá que sentarse a dialogar con quienes quieren
la independencia. A mí, esto empieza a olerme a chamusquina, pues el problema
no es independencia sí o no, el problema es legalidad sí o no, parece que no
terminan de enterarse.
Si el verso suelto del
Gobierno y el líder de uno de los partidos con vocación de gobierno, hablan
tanto de dialogo, no sé si lo dicen porque así parecen más tolerantes y
centrados, o es porque abiertamente se suman a eso que llama Pedro Sánchez,
tercera vía, que no es otra cosa que el estado de Derecho ceda para contentar y
apaciguar a los de siempre, a los que nunca serán contentados, algo que viene
demostrándose desde la Transición.
Dialogar es ceder para
llegar a un acuerdo, y los que defienden la legalidad jamás pueden consensuar
nada con quienes jamás la cumplirán. O alguien en su sano juicio puede llegar a
pensar que hay algún lugar digno situado entre lo legal y lo ilegal.
Es como las bochornosas
declaraciones de Carina Mejías, concejala de Ciutadans en el ayuntamiento de
Barcelona, en relación a los hechos acontecidos ayer en el balcón del
ayuntamiento con las banderas, comparar a los que colgaron la estelada con los
que desplegaron la bandera nacional como reacción, denominándolos a ambos como
“extremos” y decir que ellos se sitúan en la centralidad, produce verdadero
asco a los que nos sentimos españoles y amamos nuestros símbolos nacionales.
Ciutadans parece que pone
su empeño permanente en situarse equidistantemente de los demócratas españoles
y de los totalitarios independentistas, un error morrocotudo que le pasará
factura de inmediato, cuando lo suyo era felicitar a los dos concejales del
Partido Popular por protagonizar un acto, casi heroico, estando en clara minoría
y rodeados de indeseables.
