El presidente andaluz, Moreno Bonilla (PP), persiste en su empeño de proyectar una imagen cuidadosamente construida, casi artesanalmente fabricada, con el propósito de atraer a quienes aún confían en la fachada amable del poder. Sin embargo, conviene no dejarse arrastrar por ese artificio escénico y escuchar con atención, sin omitir palabra alguna, todo cuanto expresa. Cada declaración, cada matiz de su discurso, revela mucho más de lo que parece. Cuando el propio Moreno confiesa su “gran anhelo”, ese supuesto deseo de alcanzar un pacto con un “PSOE bueno”, un partido que solo existe en su imaginación o en el marketing político, no hace sino confirmar lo que su jefe de filas, Alberto Núñez Feijóo, ha manifestado reiteradamente en público, “necesitamos al PSOE”.
Pero cabe preguntarse con serenidad y firmeza, ¿quién necesita realmente al PSOE? ¿Acaso las familias que trabajan duramente y, pese a ello, no consiguen llegar a fin de mes? No. ¿Los jóvenes que sueñan con emanciparse, con formar un hogar digno y estable, pero se ven asfixiados por los precios, los impuestos y la falta de oportunidades? Tampoco. ¿Y qué hay de los agricultores, ganaderos y pescadores, víctimas directas de unas políticas que los estrangulan mientras observan cómo el PP y el PSOE votan juntos más del 90% de las veces en el Parlamento Europeo para aprobar normas que destruyen el campo y el tejido productivo nacional? A ellos, desde luego, tampoco les sirve esa alianza.
Los pensionistas, los pequeños empresarios, los ciudadanos de a pie, todos los que han visto cómo ni uno ni otro partido se han atrevido jamás a aliviarles la presión fiscal, como bien recordarán los años de Mariano Rajoy, tampoco encuentran en ese viejo bipartidismo una respuesta a sus problemas. Y menos aún la España que contempla, impotente, cómo se desdibuja su identidad y se diluye su soberanía, mientras se promueven dinámicas de inmigración sin control y sin asimilación, procedentes de culturas que no solo resultan ajenas, sino a menudo abiertamente incompatibles con nuestras raíces, nuestras costumbres y nuestra libertad. Esas políticas, impuestas en nombre de un falso humanitarismo, solo han convertido muchos barrios y localidades en espacios inseguros, degradados y fragmentados, precisamente, donde viven las familias más humildes.
Entonces, ¿quién necesita realmente esa cooperación entre PP y PSOE? Solo ellos mismos. Porque el bipartidismo se ha transformado en una sociedad de socorros mutuos, una estructura de poder para el relevo ordenado, hoy tú gobiernas, mañana yo. Es un acuerdo tácito por el que se reparten los sillones, las instituciones, los jueces del Tribunal Constitucional, los vocales del Consejo General del Poder Judicial y todo cuanto da acceso al control del Estado. Han hecho de la política una empresa privada, del Estado una fuente de privilegios y del bienestar común su propio “Estado del Bienestar”, diseñado exclusivamente para su supervivencia. Mientras tanto, la Nación, la verdadera, la que sostiene a millones de españoles honrados, se desvanece lentamente ante nuestra mirada.
Ambos partidos, y especialmente la llamada “derechita”, entonan la palabra “España” con énfasis durante las campañas electorales, pero su patriotismo se disuelve apenas se apagan los focos. En el fondo, ni uno ni otro sienten verdadera lealtad por la idea nacional, solo les mueven sus sillones, sus cuotas de poder y la perpetuación de un sistema que garantice que nada esencial cambie. Son, en esencia, las dos caras de una misma moneda, unos destruyen y los otros conservan las ruinas, cuidando de no incomodar demasiado al socio.
Por eso, especialmente en Andalucía, urge decir basta. Basta de simulacros, de discursos vacíos, de alternancias pactadas en despachos donde el pueblo no tiene voz. Frente al falso bienestar del “PPSOE”, frente al pacto del silencio y del reparto de poder, es hora de apostar por una alternativa real, coherente, que defienda sin complejos a los españoles. Y esa alternativa, hoy por hoy, solo tiene un nombre, VOX.
De acuerdo, todo es falsedad pura y dura