Conforme va pasando el
tiempo, Pedro Sánchez se nos muestra como ese político que atesora todo lo peor
de la política. Cada vez es más evidente, que no solo se la resbala el interés
general, es que también pasa del interés de su partido. Lo único que está
defendiendo con vehemencia es su interés personal, y cada vez más españoles,
socialistas y no socialistas, lo están descubriendo.
Ha cosechado los peores
resultados electorales de la historia de su partido, en junio quedó a la friolera
de 52 diputados del PP; ha convertido su partido en una olla a presión con su
pertinaz no a Rajoy al enfrentarse a sus siete presidentes autonómicos y demás
notables de su partido. Pese a que nos dijo, tras la fracasada investidura de
Rajoy, que no se postulaba de presidente, ahora sabemos que nos mentía y que
está intentando formar gobierno.
Ahora nos habla de forjar
un gobierno alternativo sin matizar con quien ni cómo, a la vez que realiza
maniobras internas para evitar que le corten la cabeza, intentando desactivar a
los barones de más peso de su partido, incluso si hiciese falta, consultando a
las bases con la habitual y ambigua pregunta.
Afortunadamente, Rivera ya
le ha dicho que con Podemos no va ni a la esquina. Por ello, su única salida
sería un acuerdo con los radicales de Podemos, una fauna de casi medio centenar
de partidos variopintos y peligrosos, y los separatistas, una combinación
aritmética que significaría un auténtico salto al vacío de imprevisibles
consecuencias, tanto para el PSOE como para nuestra nación, pues sería un
gobierno muy débil que además estaría permanentemente chantajeado por los que
quieren despiezar España, y por quienes quieren quitarle su espacio político.
Aunque Sánchez quiera
aparentar que trabaja para desbloquear la situación, es completamente falso, solo
trabaja en clave de supervivencia y ambiciones personales, y suya sigue siendo
la responsabilidad de que España siga instalada en ese bloqueo político que
tanto daño nos está haciendo.
