Estamos inmersos en una campaña electoral bastante atípica, por la fecha elegida, que impide que se celebre con normalidad en todos los aspectos. Desde los grupos de afiliados, esos que de forma altruista colocan los carteles y las pancartas en nuestras calles, esos que acabaron ya cansados de las municipales y autonómicas, esos que ahora se están enfrentando de nuevo a unas elecciones en unas condiciones marcadas por el fuerte calor y en las que se nota cierto hartazgo solo mitigado por ser conscientes de lo que se juega España y los españoles. Porque sí, porque nos jugamos prácticamente todo, porque otro mandato de Sánchez apoyado por la jauría antiespañola, sería letal.
En estas condiciones, incluso los partidos se están viendo obligados a hacer una campaña que en nada se parece a las de siempre. Sobre todo, en el sur, donde por el calor y el estar en periodo de vacaciones, hace muy complicado programar actos políticos al uso, lo que obliga a echarle mucha imaginación y optar por otros formatos en los que los candidatos puedan transmitir su mensaje a los ciudadanos.
También ha cambiado algo, pues en los distintos debates que se están celebrando, el que dan por ganador, el líder del PP solo ha participado en un cara a cara con Sánchez, poco democrático al excluir a los otros dos, para a continuación negarse a participar en más. Mi impresión es que Feijóo no quiere debatir con Abascal, le teme bastante.
Por otra parte, el partido de Sánchez, el de Yolanda Díaz y los separatistas, están utilizando la estrategia de intentar asustar a la población con la posibilidad de que el PP forme gobierno con Vox, cuando precisamente eso es lo que garantizaría hacer posibles los cambios de calado que hay que llevar a cabo. Muchos españoles, incluso muchos votantes del PP, saben que un Feijóo en solitario se dedicaría a mejorar la gestión económica y poco más, exactamente lo mismo que hizo Rajoy, ese personaje cobarde de nefasto recuerdo, por lo que solo un gobierno de coalición con Vox garantizaría llevar a cabo esos cambios.
Pese a que parece inevitable que Sánchez pierda, por su personalidad, nadie descarta que intente hacer trampas o que suceda algo antes del 23-J que pretendiera cambiar lo que iba a suceder. Con solo ver la que hay formada con el voto por correo, casi tres millones, es natural que la España de orden, la España de bien, desconfíe hasta el último momento.