Hace 73 años terminó la guerra civil china, en la que se enfrentaron las fuerzas nacionalistas y las del Partido Comunista; la guerra terminó con la victoria de los comunistas y el exilio de los nacionalistas a las islas que son el actual territorio soberano de la República de China, conocido como Taiwan desde 1949.
Mientras que en el continente los comunistas de Mao Tse-Tung implantaron la República Popular China, una brutal dictadura que cometió uno de los mayores genocidios de la historia; en Taiwán existió una dictadura militar que dio paso a un sistema democrático en 1987 que hoy en día es una de las democracias más avanzadas del mundo.
Taiwán fue durante años la representante de China en la ONU, quedando la China comunista excluida de la organización, pero en 1971 la ONU, una organización teóricamente llamada a defender los derechos humanos, expulsó a Taiwán y admitió a la China comunista, traicionó a la democracia y se puso del lado de la dictadura por meros intereses económicos, muchos países occidentales fueron parte de esa traición a la libertad.
En 1979, durante el mandato de Jimmy Carter, este decidió retirar el reconocimiento diplomático a Taiwán y otorgárselo a la China comunista, pasó por el aro de esa dictadura, en una de las decisiones más torpes y lamentables de la política exterior estadounidense.
El único presidente que dio pasos medianamente decentes para poner fin a ese disparate fue el anterior inquilino de la Casa Blanca. Durante su mandato, Donald Trump, promovió un acercamiento a la China nacionalista, que incluyó una mayor presencia de la Armada de EEUU en el Mar de China y aumentó las exportaciones de armas a Taiwan. Joe Biden ha cometido muchos errores, pero en este asunto ha decidido continuar la línea marcada por Trump, en esa línea se ha enmarcado la visita de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, a Taiwán, a la China democrática.