Pedro Sánchez acaba de remodelar su Gobierno con la idea de mantenerse en La Moncloa, como mínimo, hasta final de la legislatura. Está claro que, para él, el fin siempre justifica los medios, por eso ha sacrificado a su núcleo más duro, Calvo y Ábalos, por eso no se ha atrevido a tocar a ninguno de los nefastos ministros podemitas que se habían ganado a pulso su relevo, y me refiero al patético Alberto Garzón, al inexistente Manuel Castells, a la discapacitada intelectual Irene Montero, a la dañina Yolanda Díaz, y a la soviética Ione Belarra. Unidas Podemos dejó claro que sus cinco ministros eran intocables o el Gobierno caería.
Si nos damos cuenta, los ministros que han perpetrado los mayores disparates, y me refiero a Isabel Celáa por su destructiva ley de Educación, y a Juan Carlos Campo por su desestabilizadora labor en Justicia, tras cumplir con su perversa misión, son sustituidos con la esperanza de que nos olvidemos pronto de sus antecesores.
Para Sánchez, el hecho de que haya más mujeres que hombres, es un gran éxito, ya no se mira la valía, tener sexo femenino es un plus para ellos. El gobierno se ha rejuvenecido con premeditación para dar otra imagen. Y el hecho de incorporar a políticos provenientes del municipalismo, es otro guiño a la galería, pero que en sí mismo no garantiza el éxito, pues con la falta de experiencia a estos niveles y su más que dudosa gestión en sus ayuntamientos de procedencia, garantizan más bien su casi seguro fracaso.
Personalmente, reconozco que el nombramiento que más me ha dolido ha sido el cambio de Iceta a Deportes, pues por el perfil y la fisionomía del personaje, lo considero un insulto, primero a la inteligencia, y después, a todos esos deportistas que con su sacrificio diario consiguen no parecerse al que ahora va a ser su ministro.