La muerte del bipartidismo tradicional se palpa en toda Europa y lo estamos viendo también en España, VOX emerge como el único partido con un relato político de largo alcance, que no teme enfrentarse al consenso globalista ni someterse a las reglas del “ahora me toca a mí y después a ti”. La encuesta publicada esta misma semana lo sitúa en el 18,9 %, expresión numérica de una certeza que muchos ya sienten en las calles. Algo está cambiando y es irreversible.
La disyuntiva, soberanía–globalismo se manifiesta en todos los debates verdaderamente importantes del presente político. Se expresa en la lucha contra la inmigración masiva y la islamización del continente, en la defensa del campo, del trabajo digno y del pequeño propietario, en el rechazo frontal al adoctrinamiento escolar, a la censura progresista y a las nuevas formas de control social disfrazadas de consenso y por supuesto, en la crítica firme a Bruselas, a una Unión Europea entendida cada vez más como un supragobierno ilegítimo que legisla para implantar agendas ideológicas contra los intereses reales de los pueblos.
Lo que está ocurriendo en España y en casi toda Europa no son episodios aislados. Los ejemplos de ruptura del bipartidismo tradicional en todo el continente están ahí. El sistema que ha imperado durante décadas se rompe. La política europea se está reordenando y está finalizando un ciclo histórico, el de la alternancia sin alternativas, el del bipartidismo como dogma de Estado, el de la quimera de dos partidos supuestamente enfrentados que votan lo mismo y que gobiernan de la mano en la Bruselas de Úrsula Von der Leyen.
La ciudadanía de las distintas naciones europeas, votan ya hoy en torno a una disyuntiva muy distinta a la de hace pocos años, globalismo o soberanía, sumisión o libertad, civilización o disolución. Tras más de medio siglo gobernada por los socialdemócratas y por unos conservadores supuestamente moderados pero cada vez más progres, quienes se turnaban en el poder compartiendo su europeísmo acrítico, mercado sin nación, progresismo cultural, dependencia energética y otras muchas cosas que han hecho que las decisiones se alejaran de las urnas, las mayorías nacionales comenzaron a sentir que no elegían nada esencial cada vez que votaban.
Estamos ante una reacción histórica del pueblo europeo contra el vaciamiento ideológico, la corrupción moral y la rendición cultural. Es la revancha de las mayorías silenciadas durante décadas. Y sus instrumentos son partidos nuevos, combativos, identitarios, desacomplejados, y cada vez mejor organizados. El establishment dice que esto que ocurre no es más que una ola de populismo ultraderechista, pero se equivoca. Lo que está ocurriendo en Europa es mucho más profundo.
Los que ya han llegado lo han hecho para quedarse, saben que van a vencer porque lo han comprendido, saben que el problema no es la gestión, por ello, proponen otra visión de nación, otra forma de pertenencia, otro lugar para lo espiritual y lo identitario. Ellos hablan de quién somos, qué defendemos, y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para que nuestros hijos vivan en una patria reconocible. La disputa ya no es entre partidos, sino entre dos modelos de civilización, uno que cree en la patria, la familia y el orden; y otro que promueve fronteras abiertas, desarraigo cultural y atomización social donde los valores de occidente, sus raíces cristianas se diluyan en su propio territorio en el océano multicultural que amenaza seriamente Europa.
Se nota que estamos ante el fin de una era y el comienzo de otra. Ahora se habla de cosas distintas, se habla de patria, orden, fe, familia, soberanía.
Y aquí lo sabemos bien. Esa estafa bipartidista del PP rojo o del PSOE azul, lo mismo da que da lo mismo, está en ruinas, está siendo derribado por millones de ciudadanos que están abriendo los ojos, son los patriotas de VOX, esos que no le temen a nada ni a nadie y que al igual que otros partidos en otras naciones europeas saben que Europa aún puede salvarse, renacer y recuperar la grandeza, moral y material de antaño.
Para eso, hace falta que la Sr von der Leyen se vaya a Alemania a cuidar de los nietos.