Cuando
se hace público el informe PISA sobre la situación de la Educación
en nuestro país, siempre nos indignamos y nos preguntamos que hemos
hecho los ciudadanos españoles para padecer a estos políticos. Lo
que ocurre, es evidente pero se oculta, la enseñanza pública
española se está desvertebrando.

Un
sistema de Enseñanza debe dedicarse a formar a los ciudadanos bajo
los principios de igualdad de oportunidades, mérito y capacidad, a
una ciudadanía instruida, independiente y crítica.
Desgraciadamente, los hechos nos demuestran que nuestra enseñanza
pública está en imparable regresión frente a la privada, se ha
convertido en una fábrica de siervos semianalfabetos, tan
despolitizados como adoctrinados en lo políticamente correcto.

Nuestra
clase política ha sido incapaz de diseñar un sistema de enseñanza
que funcione, fruto de su desinterés y su inutilidad. Aunque esto no
es exactamente cierto, pues los viejos partidos saben que para
mantener el chiringuito que tienen montado a nuestra costa, el
sistema debe funcionar así.

La
partitocracia lleva consigo el enquistamiento de una oligarquía
política y económica, la corrupción generalizada y el populismo
clientelar. Desde muy jóvenes, nuestros hijos perciben que la
principal diferencia social está en aquellos que viven gracias a un
sistema parasitario y aquellos otros que malviven parasitados por ese
sistema.

Enmascaran
la política educativa, al igual que las demás, bajo la apariencia
de un sistema que favorece el interés general se enmascara un
sistema de castas y privilegios. En lugar de una democracia
sustentada en la igualdad de oportunidades y el mérito, vivimos en
una oligarquía sustentada en el igualitarismo populista y la
desigualdad legal. En el mundo educativo, al igual que en los demás,
los honestos y los excelentes son arrinconados por los corruptos, los
trepas y los privilegiados.

Tras
siete leyes educativas en los últimos 35 años, la enseñanza
española está cada vez mas enferma y casi moribunda. Y esto ocurre,
porque nunca se tuvo en cuenta el criterio de los profesores.

A
ellos, a los profesionales, no se les escucha y se les ha arrebatado
su autoridad profesional, ahora en manos de los pedagogos politizados
de despacho, los inspectores y los directores, todos ellos
contaminados por los intereses de la oligarquía política a la que
sirven.

Pocos
profesores se han rebelado, lo cierto es, que la resignación, la
cobardía y la irresponsabilidad les ha podido y se han diluido en un
sistema detestable, en donde aceptan aprobar a alumnos que no tienen
ni siquiera los conocimientos mínimos exigibles.

Mientras
alumnos y padres no entiendan que se estudia para aprender, y no para
aprobar, todos serán cómplices de este fraude en que se ha
convertido la Educación pública. 

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