Que el juez Castro tome la
decisión de sentar a la Infanta Cristina en el banquillo en vísperas de
Nochebuena, justo cuando su hermano, nuestro Rey, va a dirigirse a los
españoles en su primer discurso a la Nación, ¿es simple casualidad o algo
buscado? ¿Era prudente que el juez Castro tomara esa decisión sabiendo que
nuestra sociedad se encuentra tan hipersensibilizada ante los casos de corrupción
en las más altas esferas?
Siempre fui uno de los
pocos que defendió que la Infanta Cristina era culpable de estar enamorada de
un delincuente, de su marido, pero también es cierto, que si tomó la decisión
de afrontar los problemas con él en vez de abandonarlo, en ese mismo momento
tuvo que renunciar a sus derechos dinásticos, aunque todos sabemos que su sexta
posición en la línea sucesoria a la Corona hace prácticamente imposible llegar a
ella. Su situación no solo es insostenible, también es una situación que daña
enormemente a nuestra democracia y a las instituciones.
Existe en nuestra sociedad
gran expectación por oír ésta noche a nuestro Rey y conocer si se refiere a su
hermana de manera directa o indirecta, o si simplemente obvia el asunto. Lo
cierto es, que Felipe VI desde su llegada al trono ha sabido cumplir con sus
obligaciones y tener un comportamiento intachable, a la vez que se conoce su
empeño de hacer de la Casa Real la institución más transparente.
Corren vientos populistas
en nuestro país, los grupos de presión antimonárquicos hacen su trabajo
aprovechando el caso de la Infanta Cristina intentando erosionar nuestra
monarquía. Ese mismo pueblo tan escandalizado con este caso es el que aplaude al
defraudador Messi cuando sale del juzgado, sigue acudiendo a los conciertos de
Joaquin Sabina, y ven entusiasmados el programa televisivo del Gran Wyoming,
todos ellos defraudadores. Claro, ellos no son borbones.
