Hoy hemos conocido el
fallecimiento de Fidel Castro. Su muerte no me produce alegría. Lo que me
produce horror es recordar su vida. Es la vida de un criminal, del más antiguo
tirano del mundo, con un reguero de dolor, de sangre y de miseria que se ha
prolongado por más de 57 años ininterrumpidos, aunque en los diez últimos
hubiera dado en herencia ese poder tiránico a su hermano.
Conquistó al poder gracias
a la mentira, más que a las armas. Mintió a los cubanos y al mundo entero
haciéndoles creer que su revolución daría más libertad. No llevaba ni semanas
en el poder y ya estaba asesinando rivales políticos. No habían pasado muchos
meses y ya estaba declarando abiertamente que Cuba se había hundido en la
negrura del comunismo, del que sigue sin salir.
Habrá a partir de hoy
quienes le rindan homenaje, y no solo lo harán los que ven en Pablo Iglesias como una
reencarnación barata del tirano con barbas.
Fidel Castro no merece un
homenaje, ni tampoco el olvido. Habrá que recordar siempre su maldad, para que
su régimen se entierre con él, y para que Cuba sea al fin libre.
Los únicos que merecen un
homenaje son todos esos cubanos que han dado sus vidas luchando por la
libertad, como por ejemplo Oswaldo Payá. Han sido muchas personas las que han
muerto por culpa de Fidel Castro.
Y que me decís de Yoani
Sánchez, otra de las personas a las que debemos hoy recordar con respeto,
hablaba de forma emocionante hace pocos meses de una historia triste. Triste y
multitudinaria, porque es la historia de las últimas tres generaciones de
cubanos. Millones de personas a las que el vanidoso Fidel Castro les ha dejado
muy pocas alternativas: sufrir la represión, tirarse al mar o aguantarse con
una existencia estrecha de oportunidades y ausente de libertad.
