El plan de la izquierda latinoamericana, inspirada por el comunismo venezolano y cubano, consiste en promover el caos para forzar un cambio político. Eso es lo que se dirime hoy en Colombia.
Otro país de Suramérica esté en llamas producto del caos y de la violencia. Nada exclusivo de esas latitudes, pues la izquierda no tiene límites geográficos a la hora de imponer el terror y el miedo.
Desde 2019 hemos visto en esa región un modus operandi muy bien elaborado, casi con guion, capaz de ir ampliando su alcance y desestabilizar a varios países a la vez. Se proponen crear caos, quemar todo, destruir cada cosa a su paso. Sus promotores se aprovechan de algún descontento legítimo en la sociedad, de alguna medida impopular o de cualquier cosa que les permita aflorar el resentimiento, el desprecio y el malestar de una sociedad que, teniendo formas de hacer valer sus derechos, termina envuelta en una espiral de violencia y de destrucción que no sólo hace que las fuerzas de seguridad deban responder, sino que ponen como culpable a los gobiernos de turno de esas acciones, y no al vandalismo descontrolado que azota las calles. El vandalismo no es una forma de cambiar las cosas para mejor, nunca, y mucho menos si pretende incendiar y acabar con la propiedad privada.
Ahora es Colombia quien está incendiada. Antes fueron, Ecuador o Chile, la izquierda se vanagloria de convocar paros y protestas que terminan en caos y destrucción, frente a medidas que toma el gobierno de turno.
Esto no es casualidad. Pasa en los países donde la izquierda no gobierna y que son objetivo fundamental para ese proyecto que emana del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla.