Carles Puigdemont, fue presidente de Cataluña, fue el representante del Estado en esa región hasta que decidió sublevarse contra el orden constitucional declarando unilateralmente la independencia. Después, nos demostró que es un cobarde, pues en vez de dar la cara ante la Justicia, optó por huir de España de manera vergonzante hasta hallar un destino que le protegiera, y ese fue Bélgica, ese Estado fallido que al protegerle vulnera la euroorden.
Parece claro que, Puigdemont, es un fugitivo, un delincuente huido, pendiente de responder ante la Justicia española por una acusación de la más graves de nuestro Código Penal, la de sedición. Eso sí, a su esposa, la Generalidad le buscó inmediatamente un puesto a medida dotado de un disparatado sueldo.
Ante esta indiscutible realidad, el líder de Podemos, y vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, hace unas declaraciones equiparando a Puigdemont con los exiliados republicanos de los años treinta, algo que aparte de una barbaridad, es un nuevo intento de reabrir esas heridas que cerró la Transición. Con esas palabras, Iglesias, insulta la memoria de todos aquellos que abandonaron su patria por temor a represalias, la mayoría de ellos, españoles inocentes, por ello, lo dicho por Iglesias, es una ofensa, una auténtica indignidad. Casi todos coinciden en que, aunque entre los exiliados iba mucho criminal de guerra, y los peores, criminales de la retaguardia, eran una minoría en comparación con los que se fueron por temor a los que les podría ocurrir.
Comparar a los que se fueron sin nada, a un futuro incierto, muchos de ellos a la pobreza, con quien vive en Waterloo a cuerpo de rey y rodeado de lujos, solo es propio de un canalla como Iglesias. Y lo curioso, los defensores de la mal llamada “Memoria Histórica”, callan demostrando que lo suyo es solo una estrategia para enfrentar a los españoles.